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LIBERACIÓN ANIMAL
EN
DEFENSA DE LOS QUE MÁS ABAJO ESTÁN
Cómo se explota hoy a los animales no-humanos
El llamado movimiento por los Derechos de los Animales, o de Liberación Animal defiende la necesidad de que los intereses de los animales sean tenidos en cuenta y justamente valorados, disfrutando del debido respeto y protección legal. Algo completamente distinto de lo que hoy en día, lamentablemente, ocurre. Tan cerca de nosotros como ignorada, pocos tenemos la oportunidad de conocer la situación que estos padecen. Recibimos mucha información (en documentales, revistas, etc.), sobre cómo viven algunos animales en estado salvaje a muchos kilómetros de nosotros, pero ignoramos por completo cuál es la situación que padecen aquellos que se encuentran a nuestro lado. Y no precisamente porque sea poco lo que hay que contar sobre ésta. Los abusos más brutales son la norma en los ámbitos más diversos: granjas peleteras o de producción de carne, leche o huevos, centros de experimentación, zoos, circos, rodeos, corridas de toros... Una realidad tan cotidiana como habitualmente ignorada.
El problema es que todas estas situaciones, lejos de constituir contextos puntuales de abuso, responden a una actitud común, que ha sido denominada como especismo. Mediante este término, acuñado ya hace treinta años, se entiende el prejuicio y discriminación contra los animales (o más adecuadamente, ¡ya que también los seres humanos lo somos!, contra los demás animales, los animales no-humanos). Con esta idea se pretendería olvidar lo que, a estas alturas, todos sabemos ya: que no sólo los seres humanos, sino en general los animales somos seres con la capacidad de experimentar sufrimiento o bienestar, con un semejante sistema nervioso, con intereses propios. Es por esto por lo que cada uno de nosotros debe disfrutar de una serie de derechos que se correspondan a tales características compartidas por los animales. Si hablamos de sufrimiento, la cuestión no es si podemos hablar, ni siquiera si podemos razonar, sino tan sólo, evidentemente, si podemos sufrir. Y es así como los derechos de los animales deben ser tomados verdaderamente en serio, no siendo reducibles a una tímida preocupación por su bienestar, lo cual comienza por abandonar su concepción como objetos a nuestra disposición para ser utilizados (esto es, tratados como útiles, como meros recursos). Algo que contrasta con la situación actual, ya que la crueldad con los animales no es la excepción, sino la norma, lo ordinario: si son sólo cosas, si no son sujetos, podrán ser tratados del modo más brutal sin problema alguno, como ocurre en cualquier granja, centro de experimentación o matadero actual.
Todo esto continuará mientras siga vigente la ya comentada mentalidad especista. Sin un rechazo al especismo, toda defensa de los animales resultará carente de contenido real. Por ello es necesario entender porqué dicha mentalidad especista, es una postura equivocada.
El especismo descansa fundamentalmente en la creencia de que la superioridad de las posibilidades intelectuales humanas justificaría utilizar al resto de los animales como meros objetos y para cualquier fin. Pero lo cierto es que muchos seres humanos (discapacitados mentales, enfermos de Alzheimer y un largo etc.) carecen de tales capacidades (incluso llegando a manifestar muchos animales no humanos aptitudes iguales o mayores). Es más, aunque cambiemos de criterio de exclusión, no va a existir característica alguna que nos sitúe a cada uno de los seres humanos por encima del resto de los animales. Ya sea el lenguaje, la autoconciencia... siempre habrá algún humano privado de ella, de modo que tales criterios no pueden ser válidos. No podremos decir ya por más tiempo que poseemos derechos o que nuestras vidas o intereses cuentan más por el hecho de que tengamos una inteligencia particularmente desarrollada, pues si procedemos así, justificaremos el maltrato y la explotación de todas aquellas personas, algo totalmente intolerable. Así, la capacidad que nos haga a los seres humanos merecientes de atención moral y legal, solo podría ser, por lo tanto, la de poder sufrir y disfrutar, que también tienen los animales. Y lo que resulta claro es que, si existe algo a lo que podamos llamar ética, no puede haber criterio alguno que autorice un trato distinto a individuos dotados de las mismas capacidades. De esta manera, no podrá resultar aceptable ninguna práctica humana que agreda a otros animales de un modo que no permitiríamos si, en lugar de ellos, los afectados fuesen seres humanos igualmente dotados. Hay quien ha afirmado que poner de relieve esta cuestión supone un insulto a todos estos seres humanos privados de las características curiosamente propuestas por ellos mismos como moralmente relevantes. En realidad, son ellos, los defensores del especismo, quienes están ultrajando, y muy gravemente, a éstos, al defender un criterio que los relega al rango de meros objetos. Quien discrimina por razón de la racionalidad a otro animal, lo hace también al ser humano menos inteligente, pues no existe motivo ético válido para ocasionar un trato distinto a seres dotados de características coincidentes. La única actitud coherente, pues, es la de respeto por unos y otros. De este modo, queda claro que la defensa del especismo resulta incompatible no sólo (como es lógico) con los derechos de los animales, sino con los propios derechos humanos.
Con todo esto queda claro, en definitiva, que aunque los planteamientos liberacionistas puedan resultar llamativos, al ser el especismo la mentalidad hoy en día más sostenida, en realidad no hacen más que responder a intuiciones bastante básicas. Como acabamos de ver, un argumento como el anterior no hace más que reflejar la clara contradicción que existe hoy en día entre la idea de que todos los seres humanos merecen un trato igualitario y la de que determinadas capacidades (la inteligencia, el lenguaje...) marquen una diferencia a la hora de establecer derechos. Y la conclusión acaba implicando también, querámoslo o no, la necesidad de que éstos les sean también reconocidos a los demás animales.
Esto no quiere decir que todos los animales debamos poseer los mismos derechos, pues éstos deberán venir dados por las determinadas necesidades que cada uno de nosotros tengamos. No viene a cuento pedir el derecho a la formación cultural para un roedor, del mismo modo en que no es pertinente plantear la cuestión del derecho al aborto para un varón. Ahora bien, dado que los animales compartimos la característica básica de sentir bienestar y malestar, deberemos poseer los derechos fundamentales ligados a esto: a la vida y la integridad física (requisitos indispensables para poder experimentar cualquier bien); y a no ser objeto de tortura -lo cual incluye el derecho a la libertad-.
Es absurdo pensar, como mucha gente aún sostiene, que tenemos una parte "animal" y otra "humana" (es como decir que un perro tiene una parte animal y otra canina, que un a araña tenga su parte arácnida y su parte animal, o que un salmón tenga su parte animal y su parte salmónida. Los seres humanos SOMOS ANIMALES, de los pies a la cabeza y las 24 horas del día. De manera que cuando nos preguntemos por qué deben tener derechos los animales, no tendremos más que responder: por lo mismo por lo que los tenemos nosotros.
Sólo cabe, en este punto, apuntar dos aclaraciones.
1) El liberacionismo no nos pide que hagamos algo por los animales, que nos ocupemos de ellos. Simplemente plantea que no les agredamos, que no actuemos contra ellos, como actualmente ocurre. Plantea esto como una cuestión, más que de compasión, de justicia.
2) El movimiento liberacionista se distingue con claridad del ecologista. Este defiende los ecosistemas o las especies en peligro, mientras que el enfoque animalista se hace eco del interés de los individuos concretos. Un lince ibérico no sufre más que un gato común, ni una ballena azul más que un cachalote. El hecho de que haya muchos ciervos o muchos perros no hace menos importante la vida de cada uno de ellos, que siente y sufre igual que si fuese el último de su especie, al igual que ocurre dentro del grupo humano.